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Abr

Una historia sobre la ayuda al tercer mundo

Escrito el 16 abril 2008 por Valentín Bote en África

Hoy quiero contar una historia. Imaginen los lectores de este blog de economía que un día despiertan con una buena idea empresarial y con el ánimo suficiente para intentar ponerla en marcha. Supongan que sus esfuerzos fructifican y que después de un inicio en solitario la demanda de su producto empieza a crecer y tienen que empezar a contratar a otras personas hasta alcanzar, tras dos años de duro trabajo, una plantilla de 22 trabajadores. Además las perspectivas de mercado son positivas, así que todo parece indicar que podrán seguir creciendo y generando empleo y riqueza en la región en la que han iniciado su proyecto empresarial. Y, además, habrá 22 familias, al menos, que también se benefician del éxtio de la idea.

Imaginen ahora que, de repente, una institución de un país extranjero aparece en su país ofreciendo gratuitamente su producto. ¿Cómo es posible ofrecerlo gratis a sus clientes? Porque resulta que la institución extranjera está subvencionada por su gobierno, por lo que no necesita generar ningún ingreso para sobrevivir. La consecuencia es previsible, su empresa, levantada con tanto esfuerzo, quebraría y los 22 trabajadores a los que han dado empleo irían al paro.


Algún lector estará pensando que lo que he descrito no puede suceder. La iniciativa extranjera sería prohibida por las autoridades que regulan la competencia en la UE, por ejemplo. O habría tribunales ante los que reclamar. Algo se prodría hacer, ¿no? Pues es curioso, porque esto que estoy contando es un hecho real. Y la institución extranjera que ofrece gratis los productos de la empresa perjudicada es de un país del núcleo duro de la UE. ¿A que es sorprendente?

La historia que les describo hoy aquí la ha dado a conocer Xavier Sala i Martin en un artículo en La Vanguardia el pasado mes de diciembre. En Accra (Ghana), en 2004, un joven con sus estudios de secundaria recién terminados y muy aficionado a la informática se le ocurrió desarrollar un negocio de creación de páginas web para las empresas de su región. La idea fue un éxito y en dos años había dado empleo a 22 jóvenes diseñadores de páginas web.

En paralelo, en 2006, una ONG creada por el gobierno alemán para fomentar el “desarrollo sostenible” acierta en un diagnóstico: es beneficioso aumentar la eficiencia de las empresas africanas, y para ello podría resultar muy útil su presencia en internet a través de una página web. El problema es en cómo implementar esta idea: la ONG decidió recurrir a voluntarios alemanes para crear las páginas web, que eran luego cedidas gratuitamente (gracias a que la ONG vivía del presupuesto público alemán, no lo olvidemos) a las empresas africanas que lo deseaban.

La acción de la ONG, desde mi punto de vista, tuvo consecuencias catastróficas. Tomo las palabras de Sala i Martin: “gracias a su (sin duda bien intencionada) intervención, Emmanuel ve como su empresa se arruina y 22 jóvenes africanos pierden su puesto de trabajo. Seguramente los alemanes nunca se dieron cuenta del mal que causaron a unos emprendedores que enviaron al paro”.

La ayuda de la ONG podría haberse canalizado de manera distinta, pero con unos resultados más exitosos, ya que los objetivos de unos y otros podían resultar perfectamente compatibles: la ONG, por ejemplo, podría haber contratado a la empresa de estos jóvenes africanos para que diseñara las páginas web, y después podría regalárselas a las empresas de dicho continente. Lamentablemente, no pensaron mucho cómo llevar a cabo su proyecto y los resultados de esta “cooperación internacional” se saldó con la ruina de unos jóvenes emprendedores, que habían levantado de la nada su empresa. Y, no lo olvidemos, la práctica de la ONG hubiese estado prohibida si los destinatarios del producto final viviesen en un país desarrollado.

Lo triste de la historia es que este fiasco en la cooperación internacional no es un caso aislado. Son multitud los ejemplos de este tipo, ya que con frecuencia a la hora de “ayudar” al tercer mundo nadie se pregunta qué es lo que necesitan esos países, o cómo es la mejor forma de ayudarlos. Otro día puedo traer a este blog más ejemplos.

Comentarios

Fernando Peral 16 abril 2008 - 11:47

Las ONG hace tiempo que se han convertido en el resultado concreto de la dejación por parte de los gobiernos de sus responsabilidades en materia de cooperación internacional al desarrollo, que antes canalizaban a través de los organismos internacionales. Éstos se encargaban precisamente de evitar casos como el que señala el autor.

Hoy en día, las ONG se han convertido en auténticos trampolines políticos que los gobiernos utilizan para darse buena conciencia fomentando operaciones “vistosas” y, en algunos casos, las utilizan directamente para actividades fraudulentas.

Admiro mucho la labor que hace la inmensa mayoría de las personas que trabajan para las ONG sobre el terreno, pero es fácil constatar que, cuando los organismos internacionales intergubernamentales disponían de medios para llevar adelante su misión específica, los recursos se utilizaban de manera mucho más eficaz, más justa y menos costosa. Ante la falta de recursos, estos organismos se han ido convirtiendo en muchos casos en cáscaras vacías, que van perdiendo su pertinencia y cuya existencia sólo se mantiene por una cuestión de imagen o “buena conciencia” multilateral de los gobiernos.

Buen ejemplo de la eficacia con que desarrollaron su actividad en el pasado son la erradicación de la viruela por la Organización Mundial de la Salud, la gestión del espectro radioeléctrico por la Unión Internacional de Telecomunicaciones, la paulatina universalización del derecho a la libertad sindical y a la negociación colectiva gracias a la Organización Internacional del Trabajo, o la gestión eficaz de los aranceles y la lucha contra las barreras comerciales en época del GATT.

Como los gobiernos, a través de sus organismos nacionales de cooperación para el desarrollo, han ido trasladando a las ONG gran parte de los recursos que antes dedicaban a las organizaciones internacionales, con el fin no declarado de poder utilizar a dichas ONG para defender a sus intereses nacionales en el plano internacional (que es la misión expresa de los organismos nacionales de cooperación para el desarrollo), las organizaciones internacionales disponen de cada vez menos recursos para llevar a cabo la misión para la que fueron creadas, que es la de coordinar las actuaciones internacionales en su ámbito de especialidad y poner los medios de que disponen al alcance de todos los países en función de sus necesidades objetivas.

Esta desvirtuación de las organizaciones internacionales está causando más caos, más injusticias y está fomentando una politización creciente de la ayuda al desarrollo.

Es una verdadera lástima.

Jaime B. Rodríguez 16 abril 2008 - 12:30

Curiosamente hace dos días ví en el telediario una noticia que, aunque a priori no resulta muy relacionada con el tema tratado, me hizo reflexionar sobre estos asuntos.

Ante la vertiginosa subida de precios de los cereales, debido a la gran demanda generada por la producción de biodiésel, la población con menor renta de los paises menos desarrollados están experimentando problemas para adquirir estos alimentos de primera necesidad. Angela Merkel, ante esta situación, ha decidido limitar significativamente el consumo de este conbustible en Alemania, argumentando los porblemas sociales que su consumo está generando en los países en desarrollo.

Mi reflexión, por lo tanto, iba dirigida en este sentido: ¿y si en vez de limitar el consumo de biodiésel, se fomentase? Constatemente se habla de la pobreza, generalmente como excusa que justifique las altruistas políticas de la UE. Sin embargo, creo que la subida de precios de cereales, más que un inconveniente, puede servir como incentivo para los pequeños agricultores de estos países, que podrán comercializar sus cosechas a precios atractivos. En vez de eso, se ha optado una vez más por suprimir cualquier alternativa rentable para la gente con un mínimo de espíritu emprendedor.

Esto es, en sentido contrario, lo mismo que tradicionalmente ha venido en los países africanos: los productores locales (especialmente los agricolas) han visto sistemáticamente arruinados todos sus intentos por vender sus cosechas, gracias a la gratuita y altruista ayuda de la ONU y la UE. Esto solo ha servido, en el largo plazo, para desincentivar toda iniciativa de inversión en estos países, a la vez que la corrupción en los mismos experimentaba una auténtica hipertrofia (debido a la inmensa cantidad de dinero que, sistemáticamente, llega a los cargos gubernamentales para su “distribución” entre la población).

Al final, no me cabe duda que habrá quien discrepe severametne con mi opinión, tachándome de liberal, desalmado, o lo que es aún peor, “neocon”… ¿qué opinan uds.?

María 16 abril 2008 - 13:07

Jaime

Creo que un ejemplo real de lo que dices lo estamos viendo estos dias en Argentina, donde el auge agrario está siendo usado por el gobierno para fomentar una especie de Estado pseudosocialista, donde a los agricultores que exportan le están tanto prohibiendo las exportaciones, porque disparan la inflación en el pais, como confiscando sus ganancias para hacer las politicas sociales que desea hacer Cristina.

Si además, ese dinero cayera en manos de gentes como Chavez, lo utilizaria, como utiliza el petroleo, para nacionalizar empresas privadas y crear un autentico estado socialista.

O sea, que nunca se sabe, y por tanto no podemos aplicar modelos econometricos en estos casos, pues intervienen decisiones politicas (humanas) que pueden transformar cualquier cosa, positiva a priori, en negativa, o viceversa.

En principio, pienso que nosotros (los occidentales) debemos hacer lo que creamos que está bien, y apechugar con las consecuencias, sin dejar de asesorar a quien quiera ser asesorado.

La obligación de nuestros gobiernos es la de eliminar nuestra dependencia energética y sustituir la tecnologia del petroleo por otras menos contaminantes y lo más economicas posibles, pero el abanico de opciones es tan amplio que no podemos comprometernos a nada, ya que por ejemplo, Brasil se ofrecia para producir toda la caña de azucar necesaria para producir bioetanol, pero le tuvieron que decir que no, tanto porque podia arrasar la selva, como porque no sabemos cual será la energia del futuro.

Fernando Peral 16 abril 2008 - 13:26

En los años 60 y principio de los 70, el papel de los organismos internacionales – con algunas notables excepciones – no era interferir en los mercados, sino más bien paliar primero las situaciones de emergencia y luego ofrecer alternativas para el desarrollo que hoy llamamos “sostenible” a través de inversiones puntuales y limitadas en el tiempo, destinadas únicamente a servir de incentivo a las iniciativas locales, y que ya hubieran funcionado en otros lugares y situaciones de parecidas características. Para eso, ponían en común los conocimientos de los estados miembros y “destilaban” soluciones aplicables a cada caso; luego publicaban en varios idiomas los resultados de sus intervenciones para que los demás estados pudieran aprovechar la experiencia de los demás, tanto de lo que había funcionado como de lo que no lo había hecho.

Jaime B. Rodríguez 16 abril 2008 - 13:43

Hola María,

Creo que en este momento estamos tocando varios temas, todos ellos de gran interés. Sin embargo, el punto principal que quería poner de relieve era la influencia real que tienen los programas de ayuda y cooperación al desarrollo de los países del primer mundo sobre el tejido social de los países emergentes.

Aunque inicialmente estos programas surgiesen con una buena intención, e incluso en ocasiones con buenos resultados, como bien apuntan tanto Valentín como Fernando en el artículo y el primer post, la realidad es que actualmente la gran mayoría de estos programas no solo han dejado de ser efectivos, sino que se han convertido en contraproducentes. En última instancia fomentan aquello que dicen querer evitar.

En este sentido, un ejemplo que siempre me ha llamado la atención y creo que puede ser de interés es el Programa de Alimentos de la ONU. En esta organización trabajan gran cantidad de personas (con magníficos sueldos y condiciones de vida, por añadidura) que gestiona gran cantidad de dinero en este tipo de ayudas. Ante esta situación, la pregunta que me hago es si a alguno de ellos le compensaría llegar a suprimir la pobreza contra la que combaten… evidentemente no, puesto que ello traería como consecuencia inmediata su prescindibilidad y, por consecuencia, su entrada en las listas del paro.

Me explico, ya que no quiero que se me malinterprete: no pretendo decir que la ONU fomente de panera consciente la pobreza, sino que se ha convertido en un fin en sí misma, en vez de en el medio que inicialmente se suponía que era. En el interés de un monstruo burocrático como este siempre estará decir que la situación empeora, ya que es el medio más probable de conseguir mayores fondos… al fin y al cabo, no hay que olvidar que las organizaciones, y sus intereses, no son más que los de las personas que las componen.

Este es solo un ejemplo de cómo el remedio que intentamos poner a una situación termina por volverse inefectivo, cuando no empeorar el problema. En definitiva, y el punto último al que quería llegar, es que nosotros (los occidentales, como bien señalas), al final siempre tendemos a un intervencionismo en la economía, justificándolo con “buenas intenciones”… y es precisamente ese intervencionismo el que genera los peores males.

En tu último párrafo mencionas también temas que me resultan de tremendo interés (dependencia energética, alternativas a la misma, consecuencias de estas y libertad de mercado…) aunque por no desviar el asunto de la discusión me abstengo de profundizar en los mismos.

Un cordial saludo,

Fernando Peral 16 abril 2008 - 14:12

Estimado Jaime,

Coincido en términos generales con tu análisis de la situación, pero la solución no es eliminar los organismos internacionales, sino que recuperen su misión original y que se les obligue a una gestión eficaz y transparente. La idea debería ser que esos funcionarios bien pagados sean capaces de hacer el trabajo para el que se les contrate, que lo hagan. Si lo hacen bien, de manera profesional y adaptada, estoy seguro que las empresas privadas estarían muy interesadas en contratarles para sacar partido de su experiencia, y les pagarían aún mejor.

En cuanto a tu primer comentario, también acertado en términos generales, hay que saber que el liberalismo no condena las organizaciones internacionales que, al fin y al cabo, no son más que una extensión de los gobiernos, sino las intervenciones innecesarias o perniciosas de las mismas, tal y como la que se describe en el artículo. Desde el punto de vista liberal, las OI no son más que una extensión del Estado, y deberían gestionarse con idénticos criterios.

María 16 abril 2008 - 14:21

Hola de nuevo Jaime

Es que el tema de ayudar siempre es complejo. Desde el Domunt que se pedia antaño para dar de comer a los pobres negritos, a pasar despues a “enseñale a pescar”, a las superagreivas campañas en que te enseñaban a un leproso y te decian que tú tenias la culpa.

La realidad ha sido que cuando les dabamos comida, muchas veces arruinabamos a los agricultores locales. Que cuando les enseñabamos a pescar, despues no le comprabamos sus peces, y por último, se ha pasado a dar limosnas a los leprosos, para que nadie nos diga que dejamos morir a un leproso.

Creo que no es más que mera hipocresia, pues en el mejor de los casos se destina un 0.7 del PIB, que a buen seguro que podria crear más empleo destinado a otras cosas más efectivas, pues si algo fuera interesante, como el caso de China, no llegarán limosnas, si no billones de euros.

Eso no quita, que si alguien padece un problema puntual, como un terremoto u otra desgracia fortuita, que destruya su sistema economico o necesite expertos contra catastrofes, puntualmente, se destinen todos los recursos disponibles para reestablecer la normalidad.

Vamos, que daria lo mismo que a Chavez le dieras billones de dolares, pues sólo los utilizará para crear lacayos.

Saludos

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