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Negociación colectiva: ¿Otra “tímida reforma”?

Tras la ruptura días atrás de las conversaciones entre sindicatos y CEOE, continuamos a la espera de que el gobierno establezca, mediante decreto ley, las nuevas condiciones que gobernarán nuestro sistema de negociación colectiva. Por las primeras noticias que se van teniendo, parece que las expectativas no son demasiado buenas. Al menos en opinión de la CEOE, desde la que se señala que, en su actual borrador, la reforma es decepcionante y desequilibrada, no resuelve problemas y no va en la dirección adecuada.

Habrá que esperar a la reforma final, pero este rechazo aparentemente total por parte de la CEOE no anima a la esperanza de que nuestro mercado laboral vaya a convertirse en un mecanismo eficaz y eficiente de creación de empleo. No hay que olvidar que la flexibilidad (poca según parece) que se trata de introducir con los cambios de la ley sólo funciona con la voluntad de las dos partes para hacerla efectiva.  

La impresión que queda con este nuevo episodio es la falta de una auténtica convicción reformadora en nuestro país. Es como si nos conformásemos con ofrecer una imagen de voluntad de reforma, con la que en principio podríamos o querríamos contentar a los mercados, al menos apaciguarlos., pero sin intención de aplicarnos en la tarea. Nuestra política económica se limita así a una estrategia de mínimos, tratando de cumplir ante lo que se nos pide desde el exterior (sea Bruselas o sean los mercados). Pero nuestros problemas son muy graves y requieren soluciones ajustadas a la gravedad de la situación actual y al fortísimo deterioro estructural.

Creo que la estrategia debiera ser otra, mucho más valiente. En ese sentido, la reforma del mercado laboral es el perfecto ejemplo. Hasta el momento, hemos abordado distintas mini reformas, cada una de ellas en ámbitos o instituciones diferentes de este mercado, y casi siempre con la mirada puesta en el exterior y no en las verdaderas necesidades de nuestro país. Además, todas y cada una de esas mini reformas han sido tímidas, tratando de no molestar a nadie y, por tanto, no contentando a nadie ni produciendo los efectos deseados. Hubiese sido mejor alternativa una reforma de carácter integral, que abordase todos los ámbitos –legislación sobre fórmulas contractuales, negociación colectiva, políticas activas de empleo, etc.- de manera simultánea y coherente. Se trataba de diseñar un mercado eficiente, flexible, capaz de atender al principal derecho de los trabajadores, que no es otro que el de tener empleo, a la vez que se creaban las condiciones adecuadas para facilitar el avance de la productividad y, con ello, un mayor bienestar para el conjunto de los españoles.

Como digo, el caso de la reforma laboral es paradigmático, pero puede extrapolarse a otras áreas de nuestra política económica. De hecho, seguimos pendientes de la adopción de otras reformas profundas que, en interacción con la reforma laboral, podrían reactivar nuestra economía y encarrilarla hacia su necesaria modernización. Por ejemplo, una reforma en la política fiscal y la financiación de las administraciones territoriales, objeto de polémica estos días y, seguro que también, objeto de análisis en posteriores entradas de este blog.