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Ago

La fuga de los inversores de Italia y España amenaza a ambos países con un colapso financiero. Los mercados de deuda de la Eurozona están fragmentados ya que los tipos de interés de los bonos públicos y privados están evolucionando a ritmos diferentes dependiendo de la situación geográfica del emisor, es decir, del  país desde el que se emita la deuda. Los países de la periferia, como Italia y España, pagan mucho (ver gráfico) y los países del Norte casi no pagan . Lo que refleja una gran fragmentación en los mercados financieros de la eurozona que, entre otras cosas, impide la transmisión de los tipos de interés muy bajos del Banco Central Europeo (BCE) a la economía real.

Los mercados empiezan a descontar que a pesar de las declaraciones en defensa del euro este se puede romper. Una prueba es que Alemania no es partidaria de una amplia y rotunda intervención del Banco Central Europeo (BCE) en los mercados de deuda pública. Y,  como consecuencia, la semana pasada, el presidente del BCE, Mario Draghi, decepcionó a los mercados al no tomar medidas contundentes e inmediatas. Aunque aseguró que la entidad podría comprar pronto bonos de los países periféricos si cumplen ciertas condiciones establecidas por las autoridades europeas.

Sin embargo, los mercados no se acaban de creer que los que gobiernan Europa actuarán para defender la actual configuración del euro. Una prueba son los elevados costes de endeudamiento de España e Italia a 10 años (ver gráfico) que demuestran que la demanda de deuda española e italiana  se está agotando (ver gráfico). El BCE podría relajar esta tensión en el corto plazo pero ¿quien soluciona los roblemas de Europa en el largo plazo?

Gráfico:  Evolución de los tipos de interés de España e Italia a 10 años. España paga hoy el 6,87% e Italia en 5,90%.

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La necesaria unión política

Por desgracia, desde que comenzara la crisis, seguimos sin tener una propuesta de trabajo que nos permite afrontar el futuro con cierta confianza. Y lo que es peor, cada vez parece más evidente que la falta de liderazgo político en Europa está  teniendo catastróficas consecuencias. Parece que todavía los que nos gobiernan no se han enterado que no es posible una unión monetaria sin una unión política.     

¿Y por qué hemos llegado hasta aquí sin asumir que es necesario avanzar en la unión política?

Es posible que haya más de una respuesta a este interrogante. Quizás porque tras la firma de Maastricht y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento el debate sobre la unión política pasó a un segundo plano o bien porque la posterior fase expansiva de la economía europea camufló los riesgos a los que nos enfrentaríamos en el futuro. En cualquier caso, ahora volvemos a retomar el debate sobre la cuestión principal, si bien muchos de los dirigentes europeos intentan  disfrazarlo con otra retórica,  bien sea la de “austeridad” o bien la de “crecimiento”, para sus respectivos electorados.

Así, en el actual proceso de integración europea, se puede decir que la feliz “infancia” quedó atrás en el tiempo  y que ahora llevamos unos cuántos años de difícil “adolescencia”, debatiéndonos entre lo que somos y lo que nos gustaría ser. La “madurez”, y Dios quiera que venga pronto, se producirá cuando asumamos las consecuencias de nuestros actos, que en este proceso se denomina “integración política” con todas las consecuencias aunque de momento se empiece con la fiscal o la bancaria.

Desgraciadamente hoy el euro es una moneda sin Estado y esto es un lujo que ya no nos podemos permitir.

A medio plazo ¿Se avanzará hacia los Estados Unidos de Europa?

Mientras tanto y a corto plazo sólo el BCE tiene el poder necesario para tranquilizar a los mercados. Preguntas:  ¿A qué espera el BCE para comprar deuda? ¿La noche antes de la desintegración del euro, el BCE hará todo lo que sea necesario para salvarlo? ¿De verdad tenemos que llegar a la víspera?

Fuente: Este artículo se basa, en alguna medida, en otro publicado por José Luis Jiménez G-F (Profesor del IE Business School) titulado Quo Vadis Euro?

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Comentarios

Ferran Jaén 9 Agosto 2012 - 11:12

Es hiriente ver que aquellos que se llenaron la boca con la palabra España, se venden barato a los intereses alemanes de conseguir una Unión Europea configurada a favor de ellos. El Partido del Gobierno escometa a los españoles que conduce a España a su deisgregación, por arriba y por abajo. No conozco yo similar proceso de autodestrucción.

Sobre el euro, me permito poneros a continuación mi comentario a un libro reciente publicado en SYN@PSIS N. º 59:

Faut-il sortir de l’euro?, por Jacques Sapir (Éditions du Seuil, Paris, 2012). ¿Hay que salir del euro? No es pregunta de respuesta unívoca, pero tampoco es de las que da pie a divagaciones varias. Es una pregunta que se responde al modo de la economía, o, si se prefiere, al de la que tantos economistas clásicos asociaron: la lógica. Bajo la forma de «Si… y si…, entonces…» Mi opinión es que hay que salir del euro, hay que desmontar ordenadamente la Zona euro (ZE, en adelante) si no queremos vernos abocados a su explosión; salvo que aquellos países que se benefician de la moneda creada y de su tipo de cambio, «repartan» (pueden utilizarse otras palabras equivalentes en este nivel de explicación: subvencionen, transfieran, asistan, etc.) fracción de su ganancia diferencial a quienes sufren una pérdida diferencial; pero aún y así veo yo el inconveniente de generar en los perceptores comportamientos egoístas, abusivos, acomodaticios, viciosos que alejarían de un supuesto óptimo económico productivo a las poblaciones beneficiarias.
Jacques Sapir, economista, director de estudios en la École des hautes études en sciences sociales, y de la Universidad de Moscú, nos había brindado un análisis de la crisis de 1997-1999, particularmente de sus efectos en Rusia y de sus causas y consecuencias geoestratégicas, en su libro « Le nouveau XXI siècle. Du siècle américaine au retour des nations » (Éditions du Seuil, 2008), del que hice el comentario en SYN@PSIS Nº 40, de Mayo-Junio de 2009.
El ensayo que Sapir nos ofrece ahora reúne tres virtudes deseables : es oportuno, es claro y contiene ideas que agitan los caletres, ayudándonos a meditar por nosotros mismos la respuesta al título del libro; en definitiva, siguiendo sus razonamientos y argumentos, y reflexionando sobre ellos, podemos formarnos opinión propia fundamentada. Su enfoque vuelve a ser, como ya lo fue, la interrelación de lo económico, lo político y lo simbólico (p. 21)
Centrándose en la Zona euro y en las causas y consecuencias de esta crisis reconocida en 2007-2008 (dependiendo del país y por no retroceder a quienes advirtiéndola antes no fueron debidamente escuchados), pone sobre el tapete las contradicciones del euro y las intenciones interesadas de Alemania en consonancia con su evolución demográfica, así como los intereses de todos cuantos viven profesionalmente de este montaje, particularmente los europarlamentarios y la burocracia de la Comisión europea, que pretenden colar a hurtadillas un «federalismo furtivo» (expresión que toma del adversario del euro Philippe Villin), pues considera que las poblaciones europeas están manifestando su rechazo a la profundización del proceso de unión europea.
El libro queda organizado en una introducción no banal, tres capítulos y la conclusión. En la introducción, tenemos el punto de partida, con lo que considera un hecho: el euro se muere, fruto del fracaso de un proyecto político (el «federalismo furtivo») y por la divergencia en las dinámicas económicas de los países que comparten la moneda, exacerbada por la política impulsada por Alemania. Hubo quien
pronosticó la muerte del euro, Sapir entre ellos, pero el empecinamiento de los dirigentes
políticos y su incapacidad para anticipar lo que vendría y proponer una salida ordenada, nos ha conducido hasta la situación actual, en que la crisis viene a saldar los errores de la financiarización a ultranza y de la imposición del Tratado de Lisboa. La crisis del euro resultaría de la combinación de tres crisis cada una con su ritmo: 1) Estrangulamiento de algunas economías europeas por el monto de sus deudas; 2) divergencia de crecimientos económicos y de estructura de sus aparatos productivos, consecuencia de los tipos de interés impuestos por el Banco Central Europeo (BCE) y por la sobrevaloración del euro desde 2002; y 3) de las instituciones de la moneda única, que requería de un estado federal.
En el primer capítulo, “Viaje a las fuentes del euro”, el autor nos señala la que para él es la razón última de la creación del euro: Aun admitiendo que puedan darse diversas explicaciones, se oculta el compromiso político fundador del que la moneda única resulta y de ahí provienen los errores y la incapacidad para comprender lo incompleto del mecanismo del euro. Considera determinante responder a la cuestión de por qué ante la crisis del sistema monetario europeo, el euro adoptó la forma que le conocemos; o, dicho de otra manera, ¿por qué se adoptó una moneda única en lugar de una moneda común?, teniendo por ventaja de esta última la flexibilidad de los tipos de cambio añadida a la estabilidad con paridades fijas respecto de cada moneda nacional, revisables como consecuencia de cambios estructurales de un país, con limitación en los movimientos de capitales para evitar la especulación. Se adoptó la liberalización financiera total, inspirada por el Partido Socialista francés (Sapir, adoptando el criterio del famoso economista francés Maurice Allais, se enfrentó por el control de cambios con el think tank Terra Nova, considerado próximo al PSF).
En el compromiso original, Alemania quiso evitar que los otros países pudieran devaluar, pues quería asegurarse el acceso de sus productos a los mercados vecinos, y tampoco quiso la propuesta Jenkins que conduciría a transferir recursos alemanes subvencionando a los países débiles. La razón última se halla en la demografía alemana, cuya tasa de natalidad es muy baja, por lo que el pago de las jubilaciones absorbería, cada vez más, la riqueza acumulada y capitalizada. La lógica de los mercados financieros debía imponerse, de manera que las rentas presentes garantizasen las futuras. Kohl le propuso a Miterrand el Tratado de Maastricht ofreciendo la unión monetaria como si de un sacrificio alemán se tratara, siendo que era el objetivo perseguido Alemania, complementándolo con su sistema constitucional que se utilizaría para imponer sus criterios al resto de países, como se ha visto en la reciente crisis, al impedir los eurobonos y la monetización de la deuda.
En este mismo capítulo primero, se abordan los fundamentos teóricos incoherentes de la moneda única, la justificación a partir de supuestos incompletos partiendo del modelo Mundell-Fleming, que el autor considera carente de fundamentos científicos y se apresta a rebatir argumentando diversas debilidades, tales como no contemplar la incertidumbre (dando por válida la teoría de las expectativas racionales, no se hubiera podido producir el impago de una deuda) o que sus supuestas ventajas no son tales o son menores si se aplicara tipos de cambio fijos con control de movimiento de capitales. Profundiza también en la hipótesis federalista y el «federalismo furtivo», señalando que es ilusorio presentar el federalismo como una solución posible a la crisis actual, que requeriría de unos ingresos fiscales federales entre un 12% y un 14% del PIB según el país, en tanto las contribuciones actuales de cada país al presupuesto de la Unión europea es aproximadamente un 1,25% del PIB y es difícilmente creíble que los países acepten el salto que supone. La moneda única ha conducido a una mayor divergencia entre países, según nos muestra Sapir, tanto en precios como en crecimiento económico, no cumpliéndose en la realidad los deseos. Formula una pregunta punzante: ¿No se habrá querido, a través de la liberalización de los movimientos de capitales y la financiarización a ultranza, ofrecer nuevos espacios a la búsqueda del beneficio para unos pocos?
Que las ideas principales se encuentren en el capítulo primero, no quiere decir que los otros dos no tengan enjundia, ya que en ellos hallamos el desarrollo de algunos de los argumentos utilizados antes y nuevas comparaciones entre las economías de los países miembros que vienen a reforzar la idea de divergencia y de diferentes sensibilidades a variaciones del valor del euro, señalando la contradicción fundamental, que se pone de manifiesto con rotundidad por la crisis bancaria: Para proteger la ZE de la crisis bancaria y financiera se requiere unas reglamentación estricta del movimiento de capitales y de los mercados financieros, pero si hacemos esto, no necesitamos el euro. “Europa corre el riesgo del euro”, es el título del capítulo segundo, en el que Sapir profundiza más en la crisis y la interrelación entre deuda, PIB, déficit público y balances bancarios para concluir en la imposibilidad de escapar mediante políticas de austeridad extrema como las que se están practicando bajo orientación alemana en Grecia, España, Portugal, Irlanda y que ya alcanza a Italia.
En el capítulo tercero, “Las consecuencias de la crisis y las estrategias posibles”, Grecia ocupa un lugar destacado, por ser la avanzadilla de la aplicación de las políticas propuestas desde Bruselas con sello teutón. La parálisis de las instituciones europeas desde la primavera de 2010, con decisiones tardías y de envergadura menor a la requerida, lleva al autor a mencionar la disonancia cognitiva o distorsión de la representación de la realidad con respecto a esta. Llegados aquí, parece del todo lógico inquirir por el coste del empecinamiento en mantener el euro y Sapir pone de relieve que “la salida del euro debe considerarse seriamente como una salida a esta crisis.” (pág. 176). Así lo creo yo, amable lector.
Dr. Fernando G. Jaén Coll (Profesor Titular del Departamento de Economía y Empresa de la Universitat de Vic)

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