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La reforma laboral que España necesita

Escrito el 4 febrero 2010 por Gayle Allard en Economía española

Con ocasión del anuncio de una nueva reforma laboral después del Consejo de Ministros de mañana, hay que reflexionar sobre qué reforma necesitaría el país.

Es imposible negarlo:  el mercado laboral español no funciona bien.  En las tres grandes crisis desde que se aprobó el Estatuto de los Trabajadores, se ha constatado el mismo patrón:  fuerte creación de empleo (temporal) en bonanza económica, y destrucción masiva cuando llega la crisis.  España alterna entre el mayor creador de empleo de Europa y el mayor destructor.  Es una historia conocida.

Pero además de no funcionar, el modelo español es profundamente injusto. Para compensar la seguridad excesiva de los trabajadores fijos, y muchas veces su productividad deficiente a un coste demasiado alto, se deja a los temporales en precario y con sueldos bajos.  Estos desfavorecidos (jóvenes, mujeres e inmigrantes) no se pueden pagar una casa.  No pueden hacer planes de futuro.  Y encima cuando llega la crisis, son los primeros en perder el empleo.

¿Qué se puede hacer?  Hemos reclamado durante décadas una reforma a fondo:  nuevos contratos con un coste de despido más razonable, pero también mayor rigor contra el fraude laboral de las empresas.  Ayudaría también una reforma del subsidio del paro y de la negociación colectiva.  Evidentemente los mismos grupos influyentes se van a resistir.

¿Tendrá alguien la visión y el valor de hacerlo?  Si no, tardaremos más en salir de esta crisis y volverá a repetirse el escenario en la siguiente.  El coste del continuismo es inaceptablemente alto, tanto en términos económicos como en la injusticia para los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

Comentarios

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Fernando Peral 5 febrero 2010 - 14:20

Los males sistémicos de la economía española no se limitan, ni muco menos, al mercado laboral. Esta será una reforma necesaria, pero no suficiente. La estructura del Estado, la política energética, la política hidrlógica, el sistema judicial, la fiscalidad, el gasto público, la educación… todos estos problemas se resumen en uno que los engloba a todos: la incapacidad de nuestros políticos para buscar soluciones viables y forjar consensos razonables sobre las cuestiones que afectan al modelo de Estado. Hace un mes, publiqué un artículo que me atrevo a reproducir aquí:

” Política española: un suspenso en filosofía política

Releyendo la introducción a las «Lecciones de filosofía política» de John Rawles, Profesor de la Universidad
de Harvard, me ha llamado la atención un pasaje que, en ciertos aspectos, parece una descripción fiel de las
dificultades por las que atraviesa nuestro actual régimen constitucional.
Dice Rawles que la filosofía política cumple cuatro cometidos: el primero es de carácter práctico, cuando se
produce una disputa política que tiene su origen en posturas antagónicas, al tratar de encontrar las bases de un
acuerdo racional y ético entre dichas posturas, que propicie una cooperación social basada en el respeto mutuo
entre los ciudadanos; el segundo es un cometido de orientación, basada en la razón y la reflexión, para definir
los objetivos básicos que desean alcanzar juntos los ciudadanos en su calidad de miembros de un sociedad con
historia, es decir, de una nación, en contraposición a la defensa de sus intereses particulares, familiares, o como
integrantes de un determinado grupo social. El tercer cometido es el de la reconciliación, para demostrar
que las instituciones, aunque obstaculicen o frustren intereses particulares, actúan de manera racional para alcanzar
los objetivos sociales definidos por consenso entre los ciudadanos. Y el cuarto y último cometido, aunque
no por ello menos importante, es el de explorar los límites de las políticas posibles, sobre la base de la creencia
compartida de que la base de nuestra sociedad reside en la existencia de una esfera social que propicie un
régimen democrático justo, aunque imperfecto.
El pasaje al que me refiero en la introducción es aquel en que el autor repasa los motivos que hicieron inevitable
el fracaso de la República de Weimar, con las trágicas consecuencias que ello acarreó para Alemania y
para el mundo.
En su análisis, Rawles culpa a «unos partidos políticos fragmentados por Bismarck, que les ofrecía dinero a
cambio de que apoyaran sus políticas», convirtiéndolos así en meros grupos de presión que ni siquiera aspiraban
a gobernar y que mantenían ideologías exclusivistas, lo cual hacía virtualmente imposible el compromiso
con los demás grupos para hacer frente al «Canciller de Hierro». También alude al hecho de que «no se consideraba
impropio que los funcionarios públicos atacaran a ciertos grupos de ciudadanos calificándolos como
enemigos del Imperio».
Ese terrible error histórico parece estar replicándose en nuestro país. En el caso de Alemania, la incapacidad
de los liberales y los socialdemócratas para colaborar en una visión común llevó a la caída de la República de
Weimar, al desastre económico y social que hubo de padecer el pueblo alemán, y a las condiciones sociales y
políticas que propiciaron la llegada de Hitler al poder por la vía democrática.
En el caso de España, la incapacidad de los partidos más votados de llegar a acuerdos mínimos en los asuntos
de estado se está traduciendo en un paro creciente que ya supera el 20%, en un empobrecimiento paulatino de
las clases medias y obreras, unido a un aumento progresivo de la presión fiscal sobre las mismas, etc. Y no se
vislumbra que sean capaces de cumplir con la función básica de construcción de consensos, ni que cuenten con
personalidades capaces de aglutinar una mayoría política estable tras un proyecto democrático compartido por
la mayoría de los españoles.
La cultura y el tenor actuales del pensamiento político español (y, cada vez más, de la mismísima estructura
social) hacen que, al igual que en Weimar, ninguno de los grupos principales esté dispuesto a hacer un esfuerzo
político para llegar a un régimen constitucional de consenso. En política, el «tacticismo» que se han impuesto
los partidos en la arena política puede servir para ganar una batalla, pero nunca para construir un verdadero
proyecto democrático de convivencia razonable y pacífica entre los españoles.”

ORSSINI 10 febrero 2010 - 17:44

Porqué los políticos no desean abandonar.
La clase política detestada por el pueblo no abandona su puesto:
1º .- Cobran un sueldo fuera de lo común.
2º .- Por siete años cotizados cobran el cien por cien de la pensión.
3º .- Su pensión no es nuestra pensión de cuatro perras por más de treinta años cotizados.
4º .- Tienen un seguro que se lo pagamos el resto de los españoles de una cuantía que ya nos gustaría al resto de los mortales.
5º .- No pegan palo al agua.
6º .- Nos están constantemente tocando los güevos.
7º .- Salvo los días anteriores a las elecciones que los caraduras van por los mercados luego ya son totalmente inaccesibles.
8º .- Sn unos mentirosos.
9º .- Salvo sus protegidos nadie les cree.
10º .- Se creen los dueños del país.
11º .- No cumplen nunca los programas electorales.
12º .- Corrompen todo el sistema.
Y no sigo porque me pongo de muy mala leche pensando en estos crápulas que les da totalmente igual que los insulten a cambio de llevárselo.
ADEMÁS DE QUE LA GRAN MAYORÍA SON UNOS LADRONES.
Reniego de los políticos, de los jueces adjuntos y demás tropelía que se unen para hacernos la vida imposible.
ORSSINI

Mauro 4 junio 2010 - 13:19

Nadie sabe lo que es flexibilizacion laboral, la mayoria de las empresas se estan frotando las manos con los despidos a 2 duros, quitarse empleados de encima pagando nada para explotar a los pocos que se queden. Hay que plantear medidas constructivas no destructivas, en unos meses veremos muchos mas parados y de edad avanzada, muchos empresarios forrados en pasta, esto va a parecer una segunda china….

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