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Construyendo la Sociedad Global: la contradicción democrática

Escrito el 8 noviembre 2007 por José María O'Kean Alonso en Economía Global

Hoy no existen economías nacionales capitalistas. Son todas economías mixtas, en las que el Estado interviene, mejor o peor, para corregir los fallos que siempre tiene el mercado. El mercado es el mejor sistema de asignación de recursos, el más eficiente, el que proporciona más bienestar, pero tiene fallos y deben ser corregidos. Así hemos vivido en el mundo occidental, desde la Segunda Guerra Mundial, con más o menos éxito. Y este modelo, de estados democráticos preocupados por el bienestar social parecía, que era el “fin de la historia”, en frase de Fukuyama.

La economía global ha supuesto un revolcón a toda esta agradable carpa de circo. La economía global es capitalista. El mercado juega asignando recursos financieros y humanos, distribuyendo bienes y servicios, según las reglas del interés individual. Y necesitamos una institución, un Estado Global, que corrija los fallos del mercado global como las externalidades globales negativas de las emisiones de CO2 o el peligro nuclear, las situaciones de poder de mercado de algunas empresas, los bienes públicos necesarios como la seguridad y la defensa internacional ante el terrorismo global, las situaciones evidentes de desigualdad y pobreza de buena parte esa sociedad global que está construyéndose.


Pero ¿cómo hacerlo? Nuestro sistema de decisión se basa en la democracia. Un ser humano un voto. ¿Construiremos un Estado en el que 200 millones de votos norteamericanos tengan el mismo peso en la decisión que la sexta parte de la población china o la quinta parte de los ciudadanos indios? Un Parlamento, ¿en el que 80 millones de votos alemanes pesen igual que 80 millones de turcos? ¿Alguien del mundo occidental está interesado en hacer algo así? Esta es nuestra contradicción para avanzar en la correcta dirección. Y parece insalvable, inabordable, peligrosa. Y sin este requisito institucional será imposible un entorno estable. Viviremos pues un escenario de países intentando plantear su influencia hegemónica, con actuaciones en las que prevalezcan sus intereses nacionales a los de la sociedad global. Un mundo barroco, alámbicado, de ciudades sobre naciones, de cambios rápidos, de ajustes permanentes en el que no se atisba un equilibrio final, un punto de llegada. Al menos por ahora.

Comentarios

Homelandz 13 noviembre 2007 - 02:43

La multilateralidad parece ser la respuesta realista para hacer frente a los retos que mencionas.
Efectivamente el único “demos” del que pude emanar legitimidad para regular las políticas públicas en relación a las emisiones de CO2 es el total de la humanidad: si las consecuencias son globales, sólo la globalidad puede decidir legitimamente; eso nos llevaría, como bien dices, a que la arquitectura institucional construida sobre esta premisa necesariamente debe ponderar de igual manera los votos de 80 millones de alemanes y los de 80 millones de turcos.
El gran pero de esta fórmula es que es políticamente irrealizable (o casi). La multilateralidad (es decir, la negociación entre Estados prescindiendo del “demos” global) es menos democrática porque la capacidad de influencia de los Estados no deriva de su peso demográfico sobre el total global, sino de su capacidad de influencia (el Reino Unido, la quinta economía del mundo y con capacidad de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU) tiene mucha más capacidad de influencia que México, a pesar de tener sólo una fracción de su población.

Lo que yo digo es que, descartando por imposible (o al menos aparentemente imposible a día de hoy) el nacimiento de una, o varias, instituciones globales que regulen las externalidad negativas generadas por el mercado y apoyen su legitimidad en un “demos” global, lo que hay que hacer es trabajar sobre las instituciones multilaterales ya existentes (sobretodo la ONU) para hacerlas más democráticas (avanzando progresivamente hacia el demos global para temas globales) y eficaces frente a los retos de la globalización, dotándolas de los recursos necesarios para poner en pie nuevas instituciones que obliguen a los Estados al menos a coordinarse y atenerse a unas reglas de juego claras en temas de trascendencia global. En otras palabras: la necesidad de instituciones globales que regulen eficazmente los fallos del mercado global y otros asuntos igualmente globales pero extra-económicos es notoria, al igual que la “fatiga” y la sensación de obsolescencia de las instituciones multilaterales actuales, que fueron concebidas en otra época y no parecen responder bien a los retos de hoy, pero esta necesidad de reguladores globales sólo puede ser satisfecha desde la reforma de los organismos actuales, en la que por razones de realismo político sólo se puede aspirar a una mejor multilateralidad, no al surgimiento de unas instituciones que materialicen la soberanía del demos global (aunque este debería ser el fin último de las sociedades democráticas).

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