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Hoy se cumplen 30 años de los Pactos de la Moncloa. El martes escribí un post sobre este tema titulado “Se cumplen 30 años de los Pactos de la Moncloa”. Allí señalaba que la situación preocupante en que se encontraba la economía española a mediados de 1977 llevó al presidente del gobierno Adolfo Suárez y a su vicepresidente económico Enrique Fuentes Quintana a impulsar una política económica de consenso o pacto social. Me pregunta Juajo en un comentario a ese post si los Pactos de la Moncloa eran entonces una novedad. Los pactos sociales o políticas de consenso no eran novedosos en el marco social europeo, y de una u otra forma las han practicado, al menos durante algún tiempo y con anterioridad a la España democrática, países como Suecia, Alemania Federal, Holanda, etc. Y es precisamente a partir de la crisis del petróleo de 1973 cuando estas políticas alcanzaron un auge mayor.

Sin embargo, los Pactos de la Moncloa fue un pacto social atípico, respecto a los que se realizaban en Europa, en un doble sentido: respecto a los protagonistas del acuerdo y respecto a su contenido. En cuanto a la primero cuestión, todo el mundo recuerda que el acuerdo se firmó entre los partidos políticos y el Gobierno, al estar los sindicatos y las organizaciones empresariales en una situación embrionaria y carecer de una representatividad contrastada. En cuanto al contenido, iba mucho más allá de lo que en Europa se ha denominado pactos sociales o política de consenso (política de rentas y mantenimiento de empleo) abarcando aspectos tan dispares como la libertad de expresión, modificación del código penal, reforma de la seguridad social, etcétera.


El diseño de las políticas económicas de consenso o pactos sociales abarcan fundamentalmente, la regulación de las relaciones laborales y el establecimiento de una política de rentas. Los sujetos que negocian la elaboración de estas políticas son las centrales sindicales, las organizaciones empresariales y el Gobierno, colaborando en algunos casos los comités de expertos (que fundamentalmente están formados por prestigiosos economistas).

La institucionalización, más o menos estable, de estas políticas en algunos países europeos, ha dado lugar a la renovación de una vieja polémica en torno a lo que se denomina el nuevo corporativismo. El rechazo visceral que la palabra corporativismo tiene para muchos, al ir asociado a regímenes políticos tales como el italiano de Mussolini o el portugués de Oliveira Salazar, no favorecen, precisamente, un análisis desapasionado de este tema. La polémica, como era de esperar, no ha producido resultados concluyentes, y las políticas de consenso siguen estando a debate y a la indecisión del poder político. ¿Fueron los Pactos de la Moncloa un acuerdo social o político? ¿Son exportables los Pactos de la Moncloa a América Latina? ¿Cuáles serían las consecuencias económicas y sociales que se derivarían de dichos acuerdos en América Latina? ¿Constituyen estos pactos una posible vía para superar la situación de estancamiento social en que se halla sumida buena parte de ese continente?

Comentarios

Emilio Portes 26 octubre 2007 - 11:57

Independientemente de que sean un pacto social o político, lo fundamental es que promovieron el consenso y concienciaron al espectro social de su importancia, esto podría ser exportable a Sudamérica, pero hay países realmente conflictivos como el caso de Venezuela que está inmerso en una reinvención constitucional de impredecibles consecuencias, por lo que en casos como este, la palabra consenso, libertad sindical o empresarial, acuerdo o negociación no son ni planteables con Chavez en el poder.

En mi opinión se pueden tomar estos pactos como una guía a seguir, tomando a posteriori los aspectos positivos de estos y adecuandolos a cada caso concreto.

Javier Tomás 26 octubre 2007 - 14:45

Los Pactos de Moncloa fueron más que un pacto económico. Se enmarcan dentro de aquel proceso de Transición que hizo pasar a España de una Dictadura a una Democracia. En nuestro país el consenso ha quedado atrás, especialmente tras el 11, el 13 y el 14 de Marzo del 2004.

Hay un refrán castellano que dice que “la necesidad agudiza el ingenio”. En aquellos años 70 existía una verdadera preocupación acerca del devenir del país. Había, como decía Ortega y Gasset en “La España Invertebrada”, un “objetivo común”. Ese objetivo no era otro que el de mirar hacia el futuro, evitar los errores que condujeron al colapso de la II República y concluyeron con el golpe de Franco. Había necesidad y ansia de que todo saliera bien.

En América Latina ese consenso es complicado. En países como Bolivia, Ecuador o Venezuela es harto improbable que, a día de hoy se produzcan, habida cuenta del rumbo que están tomando bajo los gobiernos de Morales, Correa y Chávez. En el Chile actual es complicado también que haya consenso, dado que la Alianza ve por primera vez en diecisiete años como puede “mojarle la oreja” a la Concertación. En México vimos, el año pasado, como la trifulca entre Calderón y López Obrador tuvo paralizado al país durante más de un mes.

Me parece que el contexto importa, y mucho, en cuanto al establecimiento de políticas o pactos de consenso se refiere. Ese contexto tiene mucho que ver con la percepción que de la realidad tienen los protagonistas. Si es la misma, es que existe esa necesidad, y hay acuerdo. Si no es la misma, es que no se necesita, y hay confrontación.
Bajo mi modesto punto de vista, ni en España ni en muchos países de América Latina hay necesidad de consenso. Estamos en una década en la que es difícil que coincidan los puntos de vista sobre determinados asuntos (medio ambiente, terrorismo nacional e internacional, economía…)

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