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Abr

Hoy domingo, aparte de aconsejarte que leas el espléndido artículo (“Siguen las buenas noticias”) , de mi compañero de este blog de economía JUAN CARLOS MARTÍNEZ LÁZARO, que publica hoy El País (te lo puedes bajar aquí), te voy a contar una forma, seguro que hay muchas más, de como gestionar el mal humor. Se trata de una experiencia personal. Fue hace tiempo. Creo que era un experimentado profesor de Economía en una Escuela de Negocios. Los que dirigían me asignaron un grupo de ejecutivos para que les diera clase. A pesar de mi larga experiencia como profesor de Economía y también con ejecutivos, aquel grupo se me hacía muy difícil. No me concentraba, ellos no me seguían, no intervenían, no estudiaban los casos antes de la clase, etc. ¡Un desastre! Había 3 ó 4 participantes en el curso un poco “torcidos de gesto” que no hacía agradable mirarles a la cara; era una mirada como de “escepticismo constante”, que cansaba. Además, había un par de alumnos que preguntaban obviedades y que frenaban la clase y eso también me cansaba. Era evidente que no sintonizaba con el grupo; que faltaba “química”. Llevaba 4 clases (sesiones) y cuando entraba en clase me ponía de mal humor. Tenía una actitud negativa. El mal humor no solo perjudicaba mi capacidad de trabajo sino que contagiaba a los alumnos.


Como doy clases por que me divierte y me gusta, le comenté al Director del Departamento que si le parecía bien, lo dejaba y que otro profesor se hiciese cargo de dar las 11 sesiones restantes de Economía a ese grupo. Para que iba seguir amargándome. Me contestó, con una larga cambiada, diciéndome que no sabía que se podía hacer en esos casos pero que no le cabía ninguna duda de que yo era la mejor persona para dar esa asignatura y que tenía que darle salida a esa situación conflictiva.

¿Qué hice? Recordé que un amigo mío salió de una larga depresión síquica sobreactuando. Es decir, actuaba como si estuviese alegre, sin estarlo. Se reía, con una risa forzada, aunque no tenía ningunas ganas. Mostraba entusiasmo, sin tener ningún interés por las cosas. Y consiguió salir del hoyo. Hice lo mismo y empecé a entrar en clase actuando, mostrando entusiasmo por la clase, cualquier intervención de los alumnos, hasta las más tontas, la recibía con alegría y como una gran aportación al conocimiento y a la clase, le buscaba el lado positivo, sonreía, me inclinaba hacia delante y escuchaba. Exageraba hasta el punto de mostrarme histriónico. Resultado: los participantes en el programa se mostraron mucho más dispuestos a cooperar. Moraleja: La actitud positiva ante los alumnos fomenta la confianza, la participación, la creatividad y las ideas nuevas. En cambio, la negativa y malhumorada tiende a ser más pesimista y, por tanto, deprimente. Conclusión: Sea cual sea tu actividad, profesor, padre de familia, dependiente, etc. debes tener cuidado ¿Porqué? Por qué puedes “coger” el mal humor hasta sin darte cuenta. Cuando un profesor o un profesional se comporta de forma negativa –por ejemplo, frunciendo el ceño, alzando la voz o mostrando impaciencia-, está muerto. Ha fracasado. Solución: Tiene que cambiar su actitud. Afortunadamente el buen humor es contagioso. Al menos a mi es lo que me parece ¿Tú que piensas?

Comentarios

Miguel Roig 15 abril 2007 - 12:44

Es como dices. Y no se de nadie que lo haya expresado mejor que William James:
“I don’t sing because I’m happy; I’m happy because I sing.”

Javier Tomás 15 abril 2007 - 16:01

Totalmente de acuerdo. Cuanto mejor predispuesto vas, mejor terminan salindo las cosas.

Esa alegría, ese positivismo, ese buen humor es indispensable para la vida que, como vemos en los periódicos y telediarios, es frecuentemente un “valle de lágrimas”.

A los que estamos inmersos en el MBA gestionar el mal humor nos vendría bien para encarar las reuniones de grupo.

Angélica 16 abril 2007 - 01:04

Nunca he hecho la pelota a nadie, y evito los comportamientos que puedan llevar a pensarlo. Así que como ya no tengo ninguna relación académica con él, puedo decir en voz alta y clara que de las mejores clases del MBA (hasta el momento) han sido las de Juan Carlos Martínez Lázaro, y con diferencia. No se si venía con ganas o arrastrado, si estaba de buen o mal humor, ni siquiera estoy segura de si disfrutaba con nosotros o se aburría soberanamente. Pero sí que se algo, y es que dar las primeras clases a un grupo MBA que no tiene muy claro dónde se ha metido, no debe de ser nada fácil.

Menudo “showman”, menudo pedagogo y menudo personaje. Pocas veces he aprendido tanto pasándomelo tan bien. Y es que siempre traía una sonrisa y una pregunta “Bueno, señores, ¿qué ha pasado desde la última vez que nos vimos?” con un taconeo muy cañí. Consiguió que leyéramos la prensa económica todos los días, y consiguió engancharnos a la prensa rosa (¡Huy perdón, salmón! Es que con culebrones como el de Endesa una ya no sabe si está leyendo el “¡Qué me dices!” o el “Expansión”…), hasta tal punto que seguimos leyendo los periódicos y comentando los artículos más apetitosos aun sin necesidad de entregar informes.

Montó un juego de bolsa y nos leíamos los análisis de las empresas sin tener ni idea de finanzas, pero nos reímos mucho inventándonos los comentarios sobre los valores en cartera.

En fin, menudo profe… Pocos de esos he tenido a lo largo de mi vida académica, y la verdad es que se agradece que un profesor llegue a clase con ganas y con ilusión, y que se le note que lo está disfrutando.

Y mira que hay gente fabulosa dando clases en el MBA, pero como “El pollo” ninguno 🙂

Carlos Enrile 16 abril 2007 - 01:18

El profesor tiene bastante de actor. Yo cada una de mis sesiones me la tomo como una obra de teatro en la que debo de crear un ambiente agradable para que el conocimiento llegue al alumno. El mal humor es incompatible con este objetivo.
Es verdad que hay grupos difíciles, pero no imposibles, y tarde o temprano se termina sintonizando.

José Fernández Tamames 16 abril 2007 - 16:49

Estoy cabreado. No sé por qué pero el salto ha sido el siguiente: Dans, Makoto, aquí. Hoy estoy cabreado y llegado hasta aquí. Gracia dulce Makoto. Tengo una empanada física esplendida. Tres días de reuniones seguidas en Barcelona, miércoles, jueves y viernes. IDA y vuelta a Madrid. Sábado bautizo de mi tercer hijo. Domingo por la tarde, merienda con matrimonios amigos. Me levantado con las cervicales en fase beta del próximo service pack. He entrado a relajarme a Dans y me encuentro con las mismas lánguidas y sobadas ideas de que MS es lo peor y los ideólogos de turno comentando lo mismo. No me aguantado. He soltado lo que llevo dentro. Curar las depres con sobreactuación es lo único que funciona. Gestionar los cabreos es bueno. Cuando se esta cansado y se sobreactúa, es necesario. Pero te falta comentar algo.
El desahogo. Uno cuanto esta cansado y quien esta enfrente se cree con derecho a todo, es necesario dejar claro hasta que punto “hoy no paso”. Yo viví sesiones en medio de personas como las describes y he visto a genios ser criticados sin misericordia. Vale que haya que sobreactuar.
Pero otros días, hay que sacar lo mejor de uno mismo para que, cuando mandes alguien al quinto pino, ni se le ocurra volver. Esta forma de mandar fuera a los pesados es con mucho sentido del humor y entusiasmo. Mirar al techo, al florero del restaurante, al pedazo de camarera y volver a quien genera la desazón para machacar de tres puntos. Lo malo que tienen los negativos es que esperan contagiarte para hacerte de los suyos. A veces no se nos puede pedir que sobreactuemos como si no pasará nada. Se nos puede pedir que lo hagamos sabiendo que si pasa, y mucho: la vida es corta, muy corta.

Txaber 17 abril 2007 - 09:42

Los americanos lo llaman “act as if” y no solo sirve para los malhumores, se puede utilizar en cualquier situación. Por ejemplo, si quieres ser un buen vendedor, actúa como si lo fueras y con el tiempo…

antoni 20 abril 2007 - 00:59

Horacio en su “Ars Amatoria” también lo dice, un poco antes: el enfermo que finge estar sano, sanará.. Bromas aparte, es de agradecer que Rafael haya querido compartir ese trance -y su salida- con nosotros. Da ánimos. Supongo que en un problema siempre hay dos partes: el problema en sí y nuestra reacción ante él. En el caso particular de dar clases el elemento esencial es captar la atención, y ese es un problema que en teatro se llama un poco pedantemente “la conquista del espacio escénico”. Un truco que se enseña es la concentración en sí mismo, que tiene un efecto magnético sobre los que te observan y por lo visto a Rafael le funcionó.

antoni 20 abril 2007 - 01:09

Me colé. Ars Amatoria lo escribio Ovidio.

David Aceves 10 agosto 2007 - 11:10

Querido Rafael,
Hace tiempo que he querido incluir un comentario a tu post pero hasta que no ha llegado el bendito Agosto no he encontrado el momento, así que lo hago ahora aunque resulte ya algo extemporáneo.
Yo viví una situación casi idéntica a la que describes desde el otro lado de la mesa. Hace unas semanas terminé mi Executive MBA en una querida Escuela de Negocios de Madrid y fui consciente de que algo no iba bien en la relación de la clase con uno de los profesores. Se puede decir que no había química, se mascaba la tensión y esto, evidentemente, redundaba en perjuicio del desarrollo de las sesiones.
A partir de la mitad del curso aproximadamente la situación cambió radicalmente, el profesor adornaba sus lecciones con ironía, bromas y anécdotas, se le notaba a gusto y las clases resultaban mucho más amenas. Ahora se que probablemente no estaba realmente cómodo, pero no importa. Lo parecía, lo transmitía, y eso es lo importante.
Sin embargo he de decir que en mi humilde opinión el profesor cometió alguno de los errores que señalas.
En primer lugar, creo que, afortunadamente, es imposible controlar completamente las emociones y actuar en cada momento con “Inteligencia Política” y por ello en más de una ocasión el profesor contestó de forma incorrecta a los alumnos, incluso a los más brillantes, que leían con atención las Notas Técnicas y que hacían preguntas con gran profundidad y que, aún así, parecían molestarle.
En segundo lugar, tal vez mi profesor también acudió a la dirección del Departamento para proponer su sustitución. Bajo mi punto de vista, en la Empresa vivimos cada día situaciones incómodas. En ocasiones no estamos de acuerdo con una decisión de nuestro jefe o incluso con un proyecto que nos toca liderar y que no compartimos. Es seguro que en estos casos no nos divertiremos como lo hacemos en tareas que personalmente nos motivan pero nuestra obligación es actuar, como muy bien dices, con histrionismo o incluso cierto cinismo para sacar lo mejor del equipo y conseguir que se realice la tarea de la mejor manera. De forma aún más clara se puede trasladar este argumento a la docencia, dónde además de la vertiente profesional nos encontramos la del alumno, que realiza un esfuerzo personal y, en muchos casos económico, y se merece que cada profesor realice el máximo esfuerzo por aportar de la mejor manera sus conocimientos por encima incluso de su satisfacción personal que debe quedar en un segundo plano.
Un cambio de profesor a mitad de un curso generaría indudablemente inconvenientes para los alumnos que estarían pagando (en sentido real y figurado) la incapacidad del profesor para afrontar la dificultad. Pero en mi caso, como en el tuyo, esto no sucedió y, como decía al principio, la actitud del profesor fue excepcional y supo gestionar la situación de forma brillante.
Por último, entiendo que la generalización de los colectivos es imprescindible cuando se hace un análisis en términos macro. Mi profesor nos enseñó que en Economía hay que hacer muchas veces simplificaciones para poder realizar análisis. El problema es que cuando se hace una valoración general de un colectivo, cada miembro de ese colectivo la identifica como propia. Cuando leemos en un periódico extranjero un crítica a los españoles nos sentimos atacados personalmente y reaccionamos despreciando a quien vierte la crítica por simplista.
Seguro que en un grupo de 50 personas hay individuos de toda condición (lo dice la estadística) por lo que una generalización como la que tu haces “ellos no me seguían, no intervenían, no estudiaban los casos antes de la clase, etc. ¡Un desastre!” que aunque probablemente sea justa para muchos de los alumnos de esa clase (sin duda me encontraré entre ellos ) no lo será para otros que han tenido la “desgracia” de ser asignados al colectivo.
A pesar de todo lo anterior y de que probablemente quién se haya identificado como miembro de la clase de la que hablas se haya sentido dolido al ver descrita la situación con tanto detalle y tan fácilmente identificable, he de decirte que mi profesor, si también sobreactuó, como en tu caso, consiguió su propósito porque muchos de los alumnos valoramos la posibilidad de votarle como mejor profesor y me consta que algunos lo hicieron.
Tomo nota de la lección sobre como gestionar el mal humor y espero saber aplicarla (en parte) ante una situación similar.

Rafael Pampillón 14 agosto 2007 - 11:43

Gracias David. Largo, claro y bien escrito. No tiene desperdicio. Casi me emociono. Tomo nota.

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