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Balones fuera

Escrito el 12 Enero 2007 por Javier Carrillo en Economía Mundial

Frente a las previsiones de la mayor parte de analistas de una ampliación hasta los 59.800 millones de US$, el déficit comercial de EEUU se redujo el pasado mes de noviembre por tercera vez consecutiva cayendo hasta los 58.230 millones, su nivel más bajo desde julio de 2005. La caída del precio del crudo se encuentra en buena medida tras la mejora del abultado déficit comercial de la mayor economía del mundo, que aún así ha alcanzado hasta noviembre un valor acumulado de 701.600 millones de US$ y va camino de marcar un nuevo récord anual.

De acuerdo con Washington, el déficit bilateral con China llegó en el mismo mes a los 21.400 millones de US$, su nivel más elevado de todos los tiempos. Desde su flexibilización parcial en junio de 2005, la moneda china tan sólo se ha fortalecido frente al US$ alrededor de un 6%, aunque se espera que a lo largo del 2007 siga incrementado gradualmente su valor. Sin embargo, no lo hará tan rápido como para tener un impacto sustancial en su superávit comercial frente a EEUU, ya que sus costes laborales permanecerán bajos y la productividad de la mayor parte de sus industrias seguirá creciendo. En ese sentido, parece evidente que continuará la presión de EEUU sobre China para que esta última permita que su moneda se aprecie más rápidamente. De hecho, el nuevo Congreso estadounidense podría discutir en breve algunas propuestas legislativas que permitirían a su Tesoro acusar a China de “manipulación de la divisa”. Pero, ¿hasta qué punto la solución al preocupante desequilibrio exterior de EEUU se encuentra en la revaluación del yuan?


Partiendo de que el apetito importador de la gran potencia no se sacia solamente en China, la corrección que podría esperarse de un yuan más fuerte tan sólo sería de carácter parcial. Antes de “echar balones fuera”, EEUU debiera tomar medidas serias y continuadas para corregir su escaso ahorro interno, privado y público, y mejorar la competitividad de sus propias exportaciones. En cualquier caso, aunque un mayor valor del yuan podría reducir la cantidad de productos chinos consumidos por los estadounidenses, aquéllos serían adquiridos a un mayor precio. Por otro lado, se debe tener presente la naturaleza de la industria china, en buena parte ensambladora de componentes; un yuan más fuerte dificultaría la exportación de los productos finales chinos, pero esa pérdida de competitividad sería parcialmente compensada por el abaratamiento relativo de las importaciones de sus inputs productivos. Adicionalmente, el mayor poder de compra derivado de una divisa nacional más fuerte podría alimentar la ya de por sí preocupante voracidad de la economía china en los mercados de materias primas, incluido el del petróleo. El crecimiento de la factura energética iría en perjuicio de la balanza comercial estadounidense, así como de la del resto de economías occidentales. Estas economías por otra parte, incluidos los EEUU, podrían considerarse beneficiadas en los últimos tiempos por la debilidad relativa del yuan, en la medida que han podido consumir productos chinos más baratos, manteniendo una inflación más contenida y, en consecuencia, permitiéndose unos tipos de interés más bajos. En conclusión, una visión más económica y menos politizada debiera llevar a los EEUU a reconsiderar la búsqueda fuera de sus fronteras de las soluciones a su abultado desequilibrio exterior.

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